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UFD > S1 > 02-NUESTRA PRIMERA VEZ

by skyheal
about 1 hour ago
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Rodrigo se miró al espejo por tercera vez. La camiseta negra le ceñía los hombros y los brazos, marcando ese trabajo de camarero que le tenía más tonificado que cualquier gimnasio. Los vaqueros negros sentaban sobre sus caderas como si hubieran sido cosidos para él. No quería parecer un putón verbenero, pero tampoco quería presentarse ante Marcus como si acabara de salir de doblar turnos en "Oro Puro". Aunque, en cierto modo, sí que acababa de salir de doblar turnos.

Se pasó una mano por el pelo corto, negro y oscuro, y se quedó mirando sus propios ojos color café en el espejo. Le gustó lo que veía. Mucho. Se dio la vuelta, comprobó que el pantalón le sentaba bien detrás —bien, sí, muy bien— y salió de su habitación antes de que su compañero de piso pudiera preguntarle a dónde iba con tanta pinta.

Era febrero de 2020 y Madrid estaba fría pero seca. Rodrigo cogió el metro desde Vallecas con tiempo de sobra, porque la idea de llegar tarde a una cita con Marcus le parecía imperdonable. Marcus. El nombre le recorría el estómago como algo eléctrico desde que se conocieron en la cafetería. Aquella sonrisa, aquellos ojos azules que parecían fabricados para ponerle nervioso, y el modo en que le había dejado su número en una servilleta como si fuera lo más natural del mundo.

El restaurante de sushi estaba en una zona que Rodrigo no frecuentaba. Las letras del cartel eran minimalistas, la entrada discreta, y todo olía a dinero. Mucho dinero. Rodrigo se quedó parado en la acera un momento, mirando el escaparate, tragando saliva. Aquello parecía caro. Muy caro. Pero no se iba a rendir tan fácilmente.

Marcus ya estaba dentro, sentado en una mesa junto a una pared de madera oscura. Llevaba una camisa gris marengo con las mangas subidas y el pelo castaño claro, con alguna cana suelta, perfectamente peinado hacia atrás. Cuando vio a Rodrigo entrar, se levantó.

—Estás guapísimo —dijo Marcus, sin rodeos, mirándole de arriba abajo con esos ojos azules que a Rodrigo le desarmaban.

—Tú tampoco estás mal —respondió Rodrigo, con una sonrisa que intentaba ser casual pero que le ocupaba media cara.

Se sentaron. Marcus pidió para los dos con una soltura que denotaba que conocía el sitio, que había estado allí otras veces, que aquello era su terreno. Rodrigo se dejó llevar. El sushi llegó en bandejas de cerámica negra, con presentaciones que parecían pequeñas obras de arte, y Rodrigo pensó que aquello era lo más lejos posible de una hamburguesa, pero también pensó que, estando con Marcus, comería lo que fuera.

Cenaron despacio. Hablaron de todo. Rodrigo le contó que tenía familia en Colombia, que su madre llamaba cada domingo sin falta, que su hermana menor le mandaba audios de WhatsApp que no terminaba nunca de escuchar. Marcus le contó que no tenía familia viva, que se había quedado solo hacía años, pero que lo llevaba bien, que su trabajo le daba estabilidad y que Sky, su gata tricolor, era más compañía de la que mucha gente merecía.

—¿Tienes una gata? —preguntó Rodrigo, con la boca medio llena de nigiri.

—Miedosa pero cariñosa. Seguro que te esconde la mitad de la noche cuando entres.

Rodrigo sonrió. "Cuando entres." Marcus lo decía como si fuera inevitable.

Hablaron de los tres años que Rodrigo llevaba en España, de lo que costaba adaptarse, de su residencia temporal y de los papeles que le daban vueltas en la cabeza. De lo que había trabajado antes de llegar a la cafetería, de lo mucho que le gustaba "Oro Puro" aunque ganara poco. Marcus escuchaba de verdad, no asentía por inercia, y hacía preguntas que demostraban que estaba prestando atención.

Llegó la cuenta. Marcus la cogió sin mirarla.

—Yo pago. Propuse el sitio, yo invito.

—Marcus, no hace falta...

—Lo sé. Pero quiero.

Pagó con la tarjeta sin apenas mirar el importe. Rodrigo se sintió un poco cohibido, un poco pequeño, pero también aceptó que aquello no era una cuestión de orgullo. Era una cena. Era una cita. Y Marcus quería pagarla.

—La próxima invites tú a las hamburguesas —dijo Marcus, con una sonrisa.

—¿La próxima?

—Amor, obvious que va a haber más citas.

Rodrigo se rió y sintió que el pecho se le calentaba. Porque iba a haber más citas. Y Rodrigo pensaba llevar a Marcus a su territorio. A la cafetería. A los bares de Vallecas. A los sitios donde él era alguien y no solo el chico guapo que se sentaba frente a un empresario con coche de lujo. Muchas veces, si dependía de Rodrigo.

Al salir del restaurante, el frío de febrero les dio en la cara. Ambos se quedaron de pie en la acera, sin moverse, como si ninguno de los dos quisiera que la noche terminara.

—¿Y ahora qué? —preguntó Marcus.

—Pues... yo vivo en un cuarto y mi compañero está en casa.

—Yo vivo solo.

Las palabras quedaron flotando entre ellos. Rodrigo tragó saliva. Sabía lo que aquello significaba. Marcus lo sabía también.

—Vamos a tu piso —dijo Rodrigo, con la voz algo más grave de lo normal.

El BMW Serie 3 azul estaba aparcado a dos calles. Rodrigo se subió al asiento del copiloto y se sintió como en otra dimensión. El coche olía a cuero limpio, el salpicadero era impecable, todo era reluciente y caro. Marcus conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, y Rodrigo no podía dejar de mirarle. Los ojos azules reflejaban las luces de Madrid a través del parabrisas, y Rodrigo pensó que aquel hombre era la cosa más bonita que había visto en mucho tiempo.

El piso de Marcus estaba en Chamberí. Rodrigo se quedó parado en el umbral cuando Marcus abrió la puerta. Era grande. Era bonito. Era como vivir dentro de una revista de decoración. Madera clara, sofá enorme, lámparas cálidas, estanterías con libros ordenados, una cocina abierta que parecía de programa de televisión.

—Joder, Marcus —fue lo único que salió de la boca de Rodrigo.

—Te gusta?

—Esto es... coño, esto es una casa de verdad.

Marcus sonrió y cerró la puerta detrás de ellos. Sky, la gata tricolor, asomó la cabeza desde el sofá, miró a Rodrigo con ojos enormes, y desapareció como un rayo detrás del mueble de la tele.

—Te lo dije. Miedosa.

Rodrigo se rió, pero la risa se le quedó a medias porque Marcus se había acercado. No dijo nada. Solo se puso frente a él, a medio metro, con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba —Rodrigo le sacaba cinco centímetros— y le miró con esos ojos azules que parecían capaces de leerle por dentro.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Marcus.

—No.

La mano de Marcus se posó en el pecho de Rodrigo. Justo encima del corazón, que latía como si estuviera corriendo una maratón. Rodrigo notó los dedos de Marcus a través de la camiseta, finos, seguros, y el calor le subió por el cuello.

—Estás nervioso —dijo Marcus, con media sonrisa.

—Un poco.

—Yo también.

Aquello le relajó. Que Marcus también estuviera nervioso, que no fuera solo él sintiéndose como un crío en un sitio que no podía permitirse, con un hombre que parecía sacado de otra liga. Se miraron un momento más y entonces Rodrigo bajó la cabeza y le besó.

El beso fue lento al principio. Exploratorio. Los labios de Marcus eran suaves y sabían a sake. Rodrigo puso una mano en la nuca de Marcus, notó el pelo corto, la piel clara, y apretó un poco. Marcus abrió la boca y el beso se profundizó. Las lenguas se buscaron, se enrollaron, y Rodrigo oyó a Marcus gemir bajito, un sonido que le fue directo a la entrepierna.

Se movieron hacia el sofá sin separar la boca. Marcus tiraba de la camiseta de Rodrigo por el bajo, Rodrigo tenía las manos en la cintura de Marcus, y cuando las rodillas de Marcus tocaron el borde del sofá, cayeron sentados. Rodrigo encima.

Se frotaron. Sin prisa, pero con peso. Rodrigo notó la erección de Marcus contra la suya a través de la ropa, y Marcus notó la de Rodrigo, y ambos se quedaron sin aliento un segundo.

—Joder, Rodrigo... —Marcus separó la cara un momento, con los ojos medio cerrados—. Eres muy grande.

Rodrigo se rió, con la respiración entrecortada, y le besó el cuello.

—Todo para ti, bebé.

Las manos de Marcus bajaron por la espalda de Rodrigo hasta sus caderas, y apretaron. Rodrigo se frotó contra él con más intención, y el sofá crujió bajo su peso combinado. Marcus tenía las piernas abiertas, Rodrigo en medio, y el roce era tan intenso que Rodrigo pensó que se iba a correr en los pantalones como un adolescente.

Se separaron lo justo para quitarse las camisas. Rodrigo tiró de la suya por encima de la cabeza y Marcus se desabrochó la suya con dedos que temblaban un poco. Cuando se vieron el uno al otro, se quedaron quietos. La piel oscura de Rodrigo, marcada, tensa sobre el músculo, contra la piel clara de Marcus, más delgada, más suave, con algún lunar suelto. El contraste era brutal.

Marcus pasó los dedos por el pecho de Rodrigo, por los abdominales, bajando.

—Quítate los pantalones —dijo Rodrigo, con la voz rota.

Marcus obedeció. Se desabrochó los vaqueros y se los bajó junto con los calzoncillos. Su polla, de grosor normal, estaba completamente dura, pegada al vientre. Rodrigo se levantó un momento, se desabrochó los vaqueros negros, se los bajó, y Marcus abrió los ojos como platos.

La polla de Rodrigo era enorme. Veintidós centímetros, muy gorda, oscura, con las venas marcadas y la cabeza brillante de liquido preseminal. Marcus la miró y luego miró a Rodrigo a la cara.

—Me vas a matar —dijo, pero lo dijo con una sonrisa.

—Agárrate fuerte.

Rodrigo se puso entre las piernas de Marcus otra vez. Le besó los muslos, le abrió más las piernas, y se colocó. No tenía condón ni lubricante, pero Marcus estaba tan caliente que no le importó. Rodrigo escupió en su mano, se untó la polla, y puso la cabeza contra el agujero de Marcus.

—Relájate —murmuró Rodrigo al oído de Marcus.

—Intento.

Empujó despacio. Muy despacio. La cabeza entró con resistencia, y Marcus cerró los ojos y apretó los dientes. Rodrigo se detuvo.

—¿Bien?

—Sigue. Despacio. Pero sigue.

Rodrigo empujó un poco más. El grosor era lo que más costaba, sentía a Marcus apretarse alrededor de él como un puño caliente, y el placer le recorrió la columna entera. Avanzó centímetro a centímetro, besando el cuello de Marcus, acariciándole el pecho, hasta que estuvo dentro del todo. Marcus tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y respiraba como si hubiera corrido.

—Me llenas entero —consiguió decir Marcus.

—¿Duele?

—Quema. Pero no pares.

Rodrigo empezó a moverse. Despacio, con ganas, con embestidas largas que sacaban la polla hasta casi salir y luego la volvían a hundir hasta la base. Marcus arqueaba la espalda con cada embestida, y sus uñas se clavaban en los hombros de Rodrigo. El sofá gemía con ellos. Sky, desde detrás de la tele, probablemente estaba aterrorizada.

El ritmo fue creciendo. Rodrigo no quería correrse rápido, quería durar, pero el culo de Marcus era lo mejor que había probado en su vida. Apretado, caliente, y con un movimiento de caderas que le volvía loco. Marcus movía las caderas para recibirle, para buscar el ángulo que le hacía gemir más alto, y cuando lo encontró, lo encontró de verdad.

—Ahí, ahí, ahí —repetía Marcus, con la voz rota.

Rodrigo le embistió en ese ángulo una y otra vez. Más rápido ahora. Más fuerte. El sonido de los cuerpos chocando llenaba el salón, mezclado con la respiración entrecortada de ambos. Marcus tenía la polla dura contra el vientre de Rodrigo, y el roce con los abdominales de Rodrigo a cada embestida le estaba llevando al borde.

—Me voy a correr —dijo Marcus, casi sin voz.

—Correte, bebé.

Marcus se corrió sin tocarse. Su polla pulsó y soltó tres, cuatro, cinco cordadas de leche que le alcanzaron el pecho y el cuello. Su culo se apretó alrededor de Rodrigo con cada espasmo, y Rodrigo perdió el control.

Embestió tres, cuatro veces más, con fuerza, clavándose hasta las huevos, y se corrió dentro de Marcus. Vació los huevos en su culo, con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo, soltando todo lo que tenía, caliente y abundante, llenándole.

Se quedaron quietos. Rodrigo dentro de Marcus, temblando, con la cara hundida en su cuello. Marcus le abrazaba con los brazos y las piernas, y ninguno de los dos dijo nada durante un minuto entero.

—Joder —fue lo primero que dijo Rodrigo.

—Joder —confirmó Marcus.

Rodrigo se quedó dormido allí, con Marcus encima, aún medio dentro de él. El sofá era lo bastante grande para los dos, y el calor de sus cuerpos hacía innecesaria cualquier manta. Rodrigo estaba en el cielo. Marcus tenía el mejor culo que él había probado en su vida, y aquello no era una opinión impulsiva. Era un hecho.

Marcus quedó un poco escocido del grosor de Rodrigo. Notaba el ardor al moverse, notaba la leche dentro, pero era un ardor bueno. De esos que te recuerdan que la noche anterior pasó algo importante. Cerró los ojos y se quedó dormido sobre el pecho de Rodrigo, escuchando su corazón.

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A la mañana siguiente, la luz de febrero entró por las ventanas del salón y le dio a Rodrigo en la cara. Abrió los ojos y tardó un segundo en recordar dónde estaba. Sofá grande. Piso de lujo. Marcus dormido sobre su pecho. Sonrió.

Estaba súper satisfecho. Ayer se había corrido como nunca, le había dejado satisfecho y feliz, y si esto era follar con alguien que le importaba, se apuntaba para todos los días. Todas. Sin excepción.

Y entonces notó su polla. Dura. Mañanera. Imposible de ignorar.

Marcus se movió sobre él, abrió un ojo, y la notó también. Miró hacia abajo, sonrió, y sin decir una palabra, se deslizó hacia abajo por el cuerpo de Rodrigo.

—Buenos días —dijo Marcus, y bajó la cabeza.

La boca de Marcus era caliente, húmeda, y sabía exactamente lo que hacía. Empezó por la cabeza, lamiendo despacio, recogiendo el liquido preseminal con la lengua. Luego bajó por el tronco, besando, mojando, y Rodrigo tuvo que agarrarse al sofá para no levantar las caderas de golpe.

Marcus le trabajó la polla con la boca como si fuera lo único que importaba en el mundo. Subía y bajaba, usando la mano para lo que no le cabía en la boca, y con la otra mano le acariciaba los huevos. Rodrigo tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, y estaba viendo estrellas. Literales. Estrellas.

—Marcus... me voy a correr...

Marcus no se apartó. Aceleró. Hundió la cabeza hasta donde pudo, usó la mano en lo que quedaba, y Rodrigo se corrió en su boca. Abundantemente. Con espasmos que le hicieron arquear la espalda y gemir alto, soltando todo lo que tenía, y Marcus lo tragó todo. Hasta la última gota.

Rodrigo se quedó tumbado, temblando, con la respiración rota.

—Eso ha sido... la mejor puta mamada de mi vida.

Marcus subió, se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, y le besó.

—Me gustó mucho.

Rodrigo le miró. Estaba impresionado. Nunca en su vida había disfrutado tanto con una mamada, y eso que había tenido muchas. Muchísimas. Pero ninguna como aquella. Marcus tenía algo, una combinación de técnica y entrega, que le hacía ver las estrellas de verdad.

Se levantaron del sofá y se fueron a la cocina. Marcus le enseñó el piso a Rodrigo mientras caminaban. El baño, el dormitorio con una cama enorme, el despacho con dos monitores y una silla ergonómica, el pequeño balcón con una planta que parecía moribunda.

—Esta la maté yo —dijo Marcus, señalando la planta.

—Se nota.

Rodrigo estaba encantado con todo lo que veía. Era como vivir en una revista de decoración. Él vivía en una habitación, solo, con una cama y poco más, pero la casa de Marcus era un hogar real. Algo que olía a alguien, que tenía historia, que tenía vida.

Marcus preparó desayuno. Zumo de naranja natural, huevos con bacon. Rodrigo se sentó en la cocina como si fuera un restaurante con estrella Michelin, y comió como si no hubiera tenido cena la noche anterior.

—Tengo que ir a trabajar —dijo Rodrigo, con pesar genuino.

—¿Qué hora tienes?

—Las once. En "Oro Puro".

Marcus miró el reloj.

—Te acerco.

Salieron al BMW. Rodrigo se subió en el asiento del copiloto otra vez, y el coche recorrió Madrid de Chamberí a Vallecas con la calefacción puesta y la radio bajada. Rodrigo estaba nervioso. Nervioso como un adolescente. No sabía cómo decir lo que quería decir, así que lo soltó de golpe cuando estaban llegando.

—¿Puedo verte esta noche de nuevo?

Marcus lo pensó un poco. No mucho. Unos segundos, mirando la carretera, con los ojos azules concentrados en el tráfico.

—Paso a buscarte a la salida del trabajo y cenamos en mi piso, ¿te parece?

Rodrigo aceptó encantado. Con mucha ilusión. Tanta que se le notaba en la sonrisa que no le cabía en la cara cuando se bajó del coche y entró en la cafetería.

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Marcus llegó a la salida del trabajo con el BMW azul aparcado frente a "Oro Puro". Rodrigo salió con el delantal todavía colgado del hombro, lo tiró en la acera, y se subió al coche.

Cenaron en el piso. Marcus preparó algo rápido, pasta con salsa pesto, y Rodrigo opinó que estaba bueno pero que seguía prefiriendo hamburguesas. Marcus le prometió que la próxima sería hamburguesas. La próxima. Siempre había una próxima.

Se sentaron en el sofá, el mismo sofá donde la noche anterior se habían follado hasta quedarse dormidos, y pusieron Netflix. Una serie. Da igual cuál. Porque a los veinte minutos, una escena subida de tono apareció en pantalla y la polla de Rodrigo empezó a reaccionar.

No hizo nada. Se quedó quieto, intentando concentrarse en la trama, pero su polla tenía su propia agenda y no estaba interesada en Netflix.

Marcus se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. Se giró, miró la entrepierna de Rodrigo, y luego le miró a la cara.

—Otra vez.

—No puedo evitarlo.

—No te preocupes.

Marcus bajó del sofá, se arrodilló entre las piernas de Rodrigo, y le desabrochó los vaqueros. La polla de Rodrigo ya estaba dura, enorme, gorda, y Marcus la miró con una expresión que mezclaba hambre y admiración.

Se la chupó como por la mañana. Con la misma entrega, con la misma técnica, pero esta vez con más calma. Se tomó su tiempo. Lamió cada centímetro, besó la cabeza, bajó por los lados, usó las manos y la boca juntas, y Rodrigo se dejó hacer con los ojos cerrados y las manos en el pelo de Marcus.

Se notaba que Marcus disfrutaba con el pollón de Rodrigo. Que le gustaba tenerlo en la boca, que le gustaba sentirlo duro y caliente contra la lengua. Y que le gustaba su leche. Porque cuando Rodrigo le avisó que se iba a correr, Marcus no se apartó ni un milímetro. Se quedó ahí, con la boca abierta, recibiendo todo.

Rodrigo se corrió abundantemente. Marcus tragó cada gota, sin prisa, limpiándole después con la lengua, dejándole impecable. Rodrigo se quedó tumbado en el sofá, mirando al techo, con la sensación de que cada mamada era mejor que la anterior. Que aquello no podía ser real.

—Marcus...

—¿Sí?

—Eres la mejor cosa que me ha pasado en Madrid.

Marcus se subió al sofá y se acurrucó contra él. No dijo nada, pero le besó el hombro y Rodrigo sintió que aquello bastaba.

Se fueron a la cama. La cama enorme del dormitorio de Marcus, con sábanas que olían a suavizante y almohadas que parecían nubes. Se acostaron abrazados, Rodrigo rodeando a Marcus por la cintura, Marcus con la espalda contra el pecho de Rodrigo, y se quedaron dormidos así.

Rodrigo ya tenía un crush importante con Marcus. De esos que te hacen mirar el móvil esperando un mensaje, que te hacen sonreír en el metro como un idiota, que te hacen esperar la salida del trabajo como si fuera lo único importante del día. Marcus era menos evidente, más contenido, más dueño de sus emociones. Pero también le gustaba Rodrigo. Se notaba en cómo le miraba, en cómo le preparaba el desayuno, en cómo le decía "amor" sin que sonara forzado.

Rodrigo cerró los ojos, notó el calor de Marcus contra su pecho, y pensó que Madrid, en febrero, con frío y todo, era el mejor sitio del mundo para estar.