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UFD > S1 > 03-UNAS HAMBURGUESAS Y 3 POLVOS

by skyheal
about 1 hour ago
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La luz de febrero entraba oblicua por la persiana mal cerrada del dormitorio de Marcus, dibujando una franja tibia sobre las sábanas blancas. Rodrigo abrió los ojos despacio, todavía medio atontado, y lo primero que vio fue la nuca de Marcus a escasos centímetros de su cara. Olía a champú, a piel caliente, a sexo de la noche anterior. Tenía el brazo derecho pasado por encima de la cintura delgada de Marcus, y notaba contra su vientre el contacto suave de su espalda.

Se movió apenas, y Marcus se removió.

—Mmm —fue todo lo que dijo.

—Buenos días, bebé —murmuró Rodrigo contra su oreja, y le besó el lóbulo.

Marcus giró la cabeza con los ojos todavía cerrados y le buscó la boca. Se besaron despacio, con pereza, con los labios pastosos del sueño. Rodrigo le puso la mano en la mejilla y profundizó el beso un momento, pero se separó antes de que se le volviera a despertar lo que tenía entre las piernas, que ya empezaba a tener ideas propias.

—Buenos días —dijo Marcus finalmente, abriendo esos ojos azules que a Rodrigo le dejaban sin respiración cada vez.

—¿Duermes bien aquí o qué? —preguntó Rodrigo con una sonrisa torcida.

—En mi propia cama, sí. Bastante bien.

Rodrigo se incorporó sobre un codo y miró alrededor. El piso de Marcus en Chamberí era exactamente lo que esperaba de alguien que había hecho dinero con una empresa online: amplio, limpio, con muebles caros pero no ostentosos. En la esquina del dormitorio, la gata tricolor Sky los observaba desde la cómoda con ojos enormes y desconfiados.

—Tu gata me vigila —dijo Rodrigo.

—Siempre lo hace. Es tímida.

—Pues dile que su dueño está bien cuidado.

Marcus soltó una risa suave y se levantó. Caminó desnudo por el dormitorio sin ningún complejo, y Rodrigo se quedó un momento mirándolo: aquel cuerpo delgado, la espalda recta, el culo firme que había estado dentro de sus manos toda la noche. Marcus tenía 41 años y se mantenía como un tipo de treinta. Rodrigo sintió un pinchazo de algo que no era solo deseo. Algo más complicado.

Se levantaron, se vistieron con lo que tenían a mano, y fueron a la cocina. Marcus preparó café y tostadas mientras Rodrigo miraba todo con curiosidad, tocando los grifos de diseño, abriendo la nevera enorme como un niño en una casa nueva. Marcus lo observaba de reojo con una media sonrisa.

Desayunaron juntos hablando de tonterías. Del tiempo, de Sky, de lo bien que dormía Rodrigo comparado con Marcus, que era un ligero. Rodrigo se reía mucho, con esa risa suya que ocupaba toda la cocina. Marcus pensó que le gustaba tenerlo allí, en su casa, ocupando espacio con su voz y su presencia. Hacía años que no compartía desayuno con nadie.

—Tengo que ir a trabajar —dijo Rodrigo al final, mirando la hora en su teléfono—. Mi turno empieza a las once.

—Te llevo —dijo Marcus sin pensarlo.

—¿En el BMW?

—En el BMW.

Rodrigo sonrió como si le acabaran de regalar algo.

Bajaron al garaje subterráneo del edificio. Marcus desbloqueó el coche con el mando y el BMW Serie 3 azul brilló bajo la luz fluorescente. Era un coche precioso, sin discusión. Rodrigo pasó la mano por el techo antes de subirse, como acariciando a un animal de raza.

—Qué coche, amor.

—Gracias. Me lo compré cuando cerré el primer contrato grande.

—Yo no tengo coche —dijo Rodrigo con naturalidad, sin dramatismo.

—Ya lo sé. Por eso te llevo.

Marcus condujo por las calles de Madrid hacia Vallecas. El tráfico era el típico de un martes de febrero: pesado pero no infernal. Rodrigo iba con la mano apoyada en la pierna, mirando por la ventanilla, y Marcus ponía una música suave que no pedía conversación pero la permitía.

Rodrigo no hablaba, pero por dentro era un desastre. Estaba nervioso. No sabía si Marcus le veía como algo más que una buena polla y mucha leche para jugar. Porque eso era lo que había sido hasta ahora: sexo fenomenal, sí, pero ¿y luego? ¿Se volverían a ver? ¿Cuándo? Se sentía como un crío de quince años que no sabe si mandarle un mensaje a su crush o esperar tres días para no parecer desesperado.

Cuando vieron el cartel de "Oro Puro" acercándose en la acera, Rodrigo decidió que tenía que decir algo. No podía quedarse con la duda.

—Oye —dijo, mirando al frente—. ¿Podemos vernos esta noche?

Marcus lo miró de reoño, sorprendido.

—Claro.

—¿Sí?

—Claro que sí, Rodrigo. ¿Por qué lo preguntas como si fuera un examen?

Rodrigo se rio, nervioso.

—No sé. Pensaba que a lo mejor te aburres ya de mí.

—No me aburro.

—Bueno. Pues entonces hamburguesas. Hay un sitio en un centro comercial que está brutal. Te va a encantar.

—¿Hamburguesas? —Marcus levantó una ceja.

—Las mejores de Madrid. Palabra de colombiano.

Marcus aparcó en doble fila frente a la cafetería. Rodrigo se bajó, pero antes de cerrar la puerta se inclinó hacia dentro y le dio un beso rápido a Marcus en la boca.

—Esta noche te mando el sitio.

—Vale.

Rodrigo cerró la puerta y se fue caminando hacia la cafetería con paso firme. Marcus se quedó un momento mirándolo entrar, con el motor todavía encendido y la calefacción puesta. Sonrió sin darse cuenta.

El turno de Rodrigo en "Oro Puro" fue una tortura. No por el trabajo, que era lo de siempre: café con leche, tostadas, tortilla, clientes habituales que pedían lo mismo de siempre. Fue una tortura porque no podía dejar de pensar en Marcus. En su boca. En cómo le había besado esa mañana despacio, con los ojos cerrados. En cómo se había removido debajo de él la noche anterior. En el sonido que hacía cuando le entraba hasta el fondo.

Estaba permanentemente duro. Cada vez que pasaba un vaso por la cafetera, notaba la erección apretando contra el pantalón. Cada vez que se agachaba a coger vasos del estante inferior, se acordaba de Marcus a cuatro patas. Era ridículo. Treinta años y estaba como un adolescente con su primera novia.

Su compañera de turno, Lucía, le miró raro en un momento.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Por?

—Estás sonriendo solo como un idiota.

—Estoy bien, Lucía. Déjame.

A las cuatro terminó su turno. Marcus le había mandado un mensaje a las tres: "Estoy aparcando en la esquina". Rodrigo se quitó el delantal con una velocidad que arrancó una risa de Lucía.

Cuando salió a la calle, el BMW azul estaba esperándolo. Rodrigo se subió y el olor del coche, cuero y el colonia de Marcus, le golpeó como una droga.

—Vamos —dijo Rodrigo.

Llegaron al centro comercial y aparcaron en el sótano. Subieron al nivel de la calle y caminaron juntos hacia la hamburguesería. No se cogían de la mano, todavía no, pero caminaban muy cerca, con los hombros tocándose de vez en cuando. Rodrigo llevaba una sudadera gris y Marcus una chaqueta oscura de marca. Hacían una pareja visualmente curiosa: Rodrigo con su piel marrón oscura y su cuerpo musculado de 86 kilos, Marcus con su piel clara y su cuerpo delgado de 65 kilos. Uno parecía un jugador de fútbol y el otro un profesor universitario.

Iban cruzando una plazoleta del centro comercial cuando Rodrigo notó que un grupo de cinco chicos latinos, que estaban apoyados contra una barandilla, había fijado la mirada en Marcus. No era una mirada casual. Era una mirada evaluadora, como mirando a una presa. Rodrigo los conocía: eran del tipo que olfatea a quien le sobra dinero y le falta calle. Marcus vestía ropa cara, llevaba un reloj decente y caminaba con la inseguridad de alguien que no ha pegado una hostia en su vida.

Marcus también lo notó. Se encogió ligeramente, bajó la mirada y aceleró el paso. No le gustaban las confrontaciones físicas. No le gustaban nada.

Uno de los chicos se separó del grupo y se acercó.

—Oye, colega —dijo con voz suave y ojos duros, mirando a Marcus—. ¿Tienes hora?

Marcus iba a sacar el teléfono del bolsillo, pero Rodrigo se metió por delante como un tanque.

—Vale, ya —dijo Rodrigo con voz alta, firme, sin gritar pero con tono de quien no va a repetirlo—. Váyanse de aquí. Ahora.

El chico lo miró de arriba abajo. Rodrigo le sacaba varios centímetros y bastantes kilos. Su piel oscura y sus ojos café tenían una intensidad que no admitía discusión.

—Tranquilo, parcero, solo preguntaba la hora.

—Ya la sabes. Vete.

Los otros cuatro del grupo observaban desde la barandilla. Rodrigo los miró a cada uno, despacio, y ninguno sostuvo la mirada. El que se había acercado levantó las manos en gesto de paz y se fue hacia sus compañeros. Se alejaron hacia el otro lado del centro comercial sin prisa pero sin mirar atrás.

Marcus soltó el aire que llevaba conteniendo.

—Gracias —dijo en voz baja.

Rodrigo le puso la mano en el hombro.

—Para eso tienes a tu macho colombiano, bebé.

Marcus soltó una risa nerviosa y Rodrigo sintió algo caliente en el pecho. Se sintió útil. Se sintió necesario. Quizás no tenía dinero, ni un BMW, ni un piso en Chamberí, pero podía hacer esto: podía estar delante de Marcus cuando hacía falta. Podía ser el muro entre él y lo que le asustaba. Era algo.

Entraron en la hamburguesería y se sentaron en una mesa junto a la ventana. Rodrigo pidió una doble con bacon, extra queso y patatas grandes. Marcus pidió una simple con queso y patatas normales. Cuando trajeron la comida, la diferencia entre los dos fue casi cómica: Rodrigo cogía mordiscos enormes, con mostaza corriéndole por los dedos, disfrutando como un niño en cumpleaños. Marcus comía con una delicadeza que solo le faltaba pedir cuchillo y tenedor para la hamburguesa.

—Estás adorable —dijo Rodrigo con la boca llena.

—Y tú asqueroso —respondió Marcus con media sonrisa.

—Te gusta.

—No he dicho que no.

Rodrigo pagó la cuenta. Sacó los billetes de su cartera con una satisfacción que no tenía nada que ver con el dinero en sí. Era la primera vez que podía pagar algo para Marcus. Todo lo demás había sido Marcus: el sushi, el piso, el coche. Pero esto era suyo. Sus euros ganados en "Oro Puro" sirviendo cafés. Y los gastaba en el hombre que le gustaba.

Marcus no dijo nada, pero lo notó. Y le pareció bien.

Volvieron al coche y condujeron hasta Chamberí. Subieron al piso. Sky los recibió desde la encimera de la cocina con una mirada que parecía un reproche por haber estado fuera tanto tiempo. Rodrigo le guiñó un ojo.

—No me mires así, gata. Tu padre y yo hemos estado comiendo hamburguesas.

Marcus se rio mientras cerraba la puerta.

Se quedaron un momento de pie en el salón, sin hablar. La tensión se acumulaba como siempre se acumulaba entre ellos, lenta y segura, como agua subiendo de nivel. Rodrigo se acercó a Marcus y le puso las manos en la cintura.

—¿Cansado? —preguntó.

—Un poco.

—¿Demasiado cansado?

—Nunca demasiado cansado para eso.

Rodrigo le besó el cuello. Marcus cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Las manos de Rodrigo subieron por su torso bajo la camiseta, acariciando la piel lisa y pálida, los pezones pequeños que se le endurecieron al instante. Marcus le agarró la nuca y lo besó en la boca, abriendo los labios, metiéndole la lengua. Rodrigo gruñó contra sus labios.

—Vamos a la cama —dijo Rodrigo.

Fueron al dormitorio dejando un rastro de ropa: la chaqueta de Marcus en el pasillo, la sudadera de Rodrigo en la puerta, las camisetas en la alfombra. Cuando llegaron a la cama solo llevaban los pantalones, y esos no duraron mucho más.

Rodrigo se quitó los calzoncillos y su polla rebotó libre, gruesa y oscura, 22 centímetros de carne dura que ya había aprendido lo que quería y adónde iba. Marcus se bajó los suyos y su erección de 18 centímetros se quedó pegada al vientre, más fina pero recta y elegante.

Rodrigo giró a Marcus y lo empujó suavemente hacia la cama. Marcus se puso a cuatro patas sobre las sábanas arrugadas y Rodrigo se quedó un momento mirándolo. Marcus tenía el mejor culo que había tenido en su puta vida. Redondo, firme, blanco, con el agujero rosado que ya conocía bien. Aceptaba todo lo que Rodrigo le daba sin quejarse. Y pedía más.

Rodrigo se escupió en la mano y se untó la polla. No necesitaban condón ni lubricante. Nunca lo habían usado. Solo saliva y paciencia.

Se colocó detrás de Marcus y le pasó la cabeza gorda por el agujero. Marcus respiró hondo.

—Dale —dijo Marcus.

Rodrigo empujó. La cabeza entró y Marcus soltó un quejido bajo, gutural. Rodrigo se detuvo un segundo y luego siguió, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo de Marcus se abría para él, caliente y apretado como un puño de seda. Cuando llegó hasta el fondo, Marcus dejó caer la cabeza entre los brazos.

—Joder —susurró Marcus.

—¿Bien?

—Bien. Muévete.

Rodrigo empezó a bombear despacio. Entrando y saliendo con cuidado, sintiendo cada milímetro de ese culo que le hacía perder la cabeza. Marcus empujaba hacia atrás con las caderas, buscando más, y Rodrigo le agarró por la cintura para controlar el ritmo.

—Te gusta mi polla, bebé —dijo Rodrigo, y no era una pregunta.

—Me encanta —respondió Marcus con la voz rota.

Rodrigo aumentó el ritmo. Las caderas chocando contra el culo de Marcus, el sonido de piel contra piel llenando el dormitorio. Marcus gemía con cada embestida, sonidos altos y descontrolados que salían de algún lugar que no podía controlar.

Rodrigo levantó la mano derecha y le dio una palmada fuerte en el culo. El sonido fue seco y limpio. Marcus gritó y se apretó alrededor de la polla de Rodrigo.

—Otra —dijo Marcus.

Rodrigo le dio otra. Y otra. Y otra. Cada palmada dejaba una marca rosada en la piel clara de Marcus, y cada marca hacía que Marcus gimiera más fuerte y se apretara más alrededor de la polla de Rodrigo. Estaba encantado. Rodrigo estaba encantado.

—Eres mi puta —dijo Rodrigo, y la palabra le salió sin pensar, natural, como una verdad evidente.

—Soy tu puta —repitió Marcus, y la forma en que lo dijo, con la voz temblando y las caderas moviéndose, hizo que Rodrigo sintiera que iba a correrse antes de tiempo.

Se contuvo. Disminuyó el ritmo. Sacó la polla hasta dejar solo la cabeza dentro y volvió a entrar de golpe. Marcus soltó un grito que Sky escuchó desde el salón y la hizo esconderse detrás del sofá.

Rodrigo folló a Marcus durante un rato largo, cambiando el ritmo, sacándolo y metiéndolo, dándole palmadas cuando Marcus se las pedía con gemidos más altos. Cuando no pudo aguantar más, se inclinó sobre Marcus y le mordió el hombro.

—Me corro dentro de ti, bebé.

—Sí. Corrételo dentro.

Rodrigo empujó tres veces más, fuertes, profundas, y en la tercera se corrió con un gruñido que le salió del pecho. La leche salió en oleadas calientes llenando el culo de Marcus, que sintió cada espasmo y gimió con la cara hundida en la almohada. Rodrigo se quedó dentro, temblando, con las manos agarrando las caderas de Marcus.

Cayeron juntos sobre la cama, lateralmente, con la polla de Rodrigo todavía dentro de Marcus. No la sacó. Se quedó ahí, blanda pero presente, mientras los dos recuperaban el aliento. Marcus le agarró la mano y se la puso sobre su pecho. Rodrigo sintió el corazón latiendo rápido debajo de los dedos.

No dijeron nada. No hacía falta.

Se quedaron dormidos así, abrazados, con la polla de Rodrigo todavía dentro de Marcus y las sábanas revueltas alrededor de sus cuerpos como restos de naufragio.

A la mañana siguiente, Rodrigo se despertó con la luz del sol entrando por la ventana. Todavía estaba dentro de Marcus. Su polla, que tenía voluntad propia, reaccionó al calor y al contacto y se puso dura como el granito en cuestión de segundos. Marcus seguía dormido, con la respiración suave y regular.

Rodrigo se movió apenas, probando. Marcus se removió pero no despertó. Rodrigo empezó a mover las caderas despacio, muy despacio, deslizando su polla gorda dentro del culo de Marcus que todavía estaba resbaladizo por la leche de la noche anterior. Marcus abrió los ojos.

—¿Qué...?

—Buenos días, bebé.

Rodrigo le dio la primera vez suave, despacio, besándole el cuello mientras lo follaba despacio desde atrás. Marcus gemía con los ojos cerrados, todavía medio dormido, agarrando la mano de Rodrigo que tenía sobre su pecho. Cuando Rodrigo se corrió, lo hizo con un gemido largo y profundo, llenando a Marcus otra vez.

No se sacó. Descansó cinco minutos y volvió a estar duro.

La segunda vez fue más fuerte. Rodrigo lo puso boca abajo y le subió las caderas. Le dio palmadas en el culo mientras lo follaba, como le gustaba a él, fuertes y secas, y Marcus gritaba contra la almohada con cada golpe. Se corrió dentro de Marcus por segunda vez con un gruñido animal.

La tercera vez, Marcus estaba dolorido. Lo sentía. Pero también lo quería. Rodrigo lo puso a cuatro patas otra vez y le dio con todo, con la polla gorda abriéndolo entero, y Marcus aguantó porque le gustaba que Rodrigo usara su culo como si fuera suyo. Las palmadas cayeron una tras otra sobre su culo ya rojo. Rodrigo se corrió por tercera vez con un grito sordo y cayó encima de Marcus, que se desplomó con la cara en la almohada.

—Joder —dijo Marcus con la voz ronca—. Estoy destrozado.

—Pero encantado.

—Encantado y dolorido. Tu polla es una barbaridad, Rodrigo.

—Lo sé. Lo siento.

—No lo sientes nada.

—No. No lo siento nada.

Se rieron los dos, exhaustos, tumbados en la cama con el sol dándoles en la cara. Rodrigo le besó la mejilla a Marcus y le acarició el pelo castaño claro, donde se veía alguna cana suelta que le daba un toque que a Rodrigo le parecía increíblemente atractivo.

Fueron a desayunar. Marcus preparó café y tostadas otra vez, con cuidado porque le dolía caminar. Rodrigo lo observaba desde la mesa con una sonrisa de orgullo que no podía disimular. Hoy tenía el día libre. No tenía que ir a "Oro Puro". Y eso le dio una idea que le puso nervioso de repente.

—Marcus —dijo, tocando el borde de la taza con el dedo.

—¿Mm?

—¿Podemos pasar el día juntos?

Marcus lo miró con esos ojos azules enormes.

—Claro.

—¿Sí? ¿No tienes que trabajar?

—Puedo aparcarlo un día. No me va a pasar nada.

Rodrigo sintió una felicidad estúpida, enorme, infantil. Como la de un crío al que le dicen que sí van a ir al parque.

Decidieron ir al Retiro. Cogieron el BMW y aparcaron cerca. Caminaron por los senderos entre los árboles sin hojas de febrero, hablando de todo y de nada. De la infancia de Rodrigo en Colombia, de los primeros años de Marcus montando su empresa, de Sky y su carácter raro, de la cafetería y de los clientes pesados. Hablaban fácil, sin esfuerzo, como si llevaran meses juntos en vez de días.

Rodrigo estaba feliz. Más que feliz. Se dio cuenta mientras caminaban junto al estanque, viendo a Marcus mirar el agua con sus ojos azules que brillaban bajo el sol de invierno. Se estaba enamorando de Marcus. No, que ya estaba enamorado de él. No era solo un polvo, por muy buen polvo que fuera. Era otra cosa. Pero era pronto y no quería adelantarse. No quería decir nada que le hiciera parecer desesperado, como un tío que se enamora en tres días y asusta al otro. Así que se calló y siguió caminando.

Marcus, por su parte, también estaba a gusto. Muy a gusto. Siempre había estado solo estos últimos años. Su trabajo era online, desde casa, lo cual significaba que pasaba días enteros sin hablar con nadie que no fuera por pantalla. Tener a Rodrigo allí, con su risa enorme y su cuerpo caliente y su forma de llenar cualquier habitación con su presencia, era algo que le agradaba muchísimo. Más de lo que estaba dispuesto a admitir tan pronto.

Caminaron hasta el atardecer. Luego decidieron ir al cine. Había una película de acción que a los dos les gustaba. Compraron entradas, palomitas y se sentaron en la parte de atrás de la sala, donde había menos gente.

La película llevaba veinte minutos cuando Marcus le puso la mano sobre el muslo a Rodrigo. Rodrigo lo miró. Marcus no lo miró a él. Tenía los ojos en la pantalla pero la mano se movía despacio hacia arriba.

—Marcus —murmuró Rodrigo.

—Shh. Mira la película.

La mano de Marcus llegó a la entrepierna de Rodrigo y se quedó ahí, acariciando la polla por encima del pantalón. Despacio, con los dedos, trazando la forma que empezaba a crecer debajo de la tela. Rodrigo se puso duro como una piedra en segundos. La polla de 22 centímetros apretaba contra el pantalón, buscando espacio, y la mano de Marcus seguía frotando con una paciencia que era casi cruel.

Rodrigo agarró el reposabrazos con fuerza. Marcus no paraba. Los dedos subiendo y bajando por el largo de la polla, apretando la cabeza, volviendo a bajar. Rodrigo respiraba por la boca, intentando no hacer ruido, intentando mirar la pantalla donde explotaban cosas y los actores gritaban, pero lo único que existía era esa mano.

—Marcus, me voy a correr —susurró Rodrigo con los dientes apretados.

Marcus no paró. Aumentó el ritmo ligeramente.

Rodrigo se corrió en los pantalones. La leche salió en espasmos calientes empapando los calzoncillos, y Rodrigo tuvo que morderse el labio para no gritar en el cine. Se quedó inmóvil, temblando, con la mano de Marcus todavía sobre su polla que palpitaba dentro de los pantalones mojados.

—Joder —dijo Rodrigo en voz muy baja.

Marcus finalmente lo miró. Tenía una sonrisa que era pura inocencia fingida.

—¿Bien?

—Me he corrido en los pantalones, Marcus. Como un puto adolescente.

—Lo sé.

—Un macho colombiano no se corre en los pantalones como un chaval.

—Pues este macho colombiano acaba de hacerlo.

Rodrigo lo miró con la cara roja, los pantalones pegajosos y una mezcla de vergüenza y deseo que no sabía cómo procesar. Marcus le dio un beso en la mejilla y volvió a mirar la pantalla como si nada hubiera pasado.

Rodrigo se quedó ahí, con la mancha extendiéndose por el pantalón, pensando que ningún hombre de treinta años con 86 kilos de músculo y una polla de 22 centímetros debería correrse en los pantalones en un cine por una mano.

Y pensando también que no quería estar en ningún otro sitio del mundo que no fuera al lado de Marcus, con los pantalones sucios y todo.