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UFD > S1 > 04-UNA HABITACIÓN

by skyheal
about 1 hour ago
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Rodrigo abrió los ojos antes de que sonara cualquier alarma. Era una de esas mañanas de marzo en Madrid donde el cielo no sabía decidir si llover o abrirse, y la luz gris se colaba por las persianas del piso de Chamberí. Lo primero que sintió fue el calor del cuerpo de Marcus pegado al suyo, la espalda clara del mayor encajada contra su pecho, el peso de su brazo sobre la cintura de Marcus. Lo segundo que sintió fue la erección de rigor, ese empalme de hormonas que le visitaba cada vez que pasaba la noche en aquella cama como si tuviera dieciséis años y no treinta.

Su polla, esos veintitrés centímetros gruesos y oscuros que tantas veces habían hecho gemir a Marcus, estaba completamente dura, aplastada contra el culo del mayor. Rodrigo respiró hondo, intentando calmarse. Le estaba empezando a dar un poco de vergüenza, la verdad. Cada vez que dormía en casa de Marcus era lo mismo: se despertaba con una madera de narices y terminaba aprovechándose del culo de su pareja antes de que el café estuviera siquiera listo. No es que Marcus se quejara, todo lo contrario, pero Rodrigo tenía la sensación de estar abusando del tío como un adolescente que no se controla.

Aunque tampoco podía negar que le ponía a cien. Solo de sentir el calor de Marcus contra él, de oler su colonia impregnada en las sábanas, de recordar cómo gemía su nombre con esos ojos azules cerrados, la polla de Rodrigo palpitaba contra el tejado de sus calzoncillos.

Fue entonces cuando sonó el teléfono.

No un sonido estridente, solo la vibración del móvil sobre la mesita de noche. Rodrigo lo cogió con cuidado de no despertar a Marcus, que respiraba con esa calma profunda de quien duerme sin preocupaciones. La pantalla mostraba un mensaje de su casero, ese tipo que le alquilaba la habitación en Vallecas y que hasta ahora parecía un hombre tranquilo.

"Rodrigo, necesito que dejes la habitación. Mi sobrino viene de Perú y necesita el sitio. Tienes hasta finales de semana."

El empalme se esfumó como si le hubieran echado un cubo de agua helada encima. Rodrigo se quedó mirando la pantalla, parpadeando, como si las palabras fueran a cambiar si las leía otra vez. No cambiaron.

Escribió con los dedos torpes: "¿No hay nada que pueda hacer? ¿Pagar más, esperar una semana...?"

La respuesta llegó en segundos: "Lo siento, es familia. El sobrino llega el lunes."

Rodrigo dejó el móvil sobre la mesita y se quedó inmóvil, mirando el techo. Marcus seguía dormido a su lado, ajeno a todo. La gata Sky, esa tricolor miedosa y cariñosa que solo se acercaba a Rodrigo cuando Marcus estaba cerca, levantó la cabeza desde el pie de la cama y lo miró con sus ojos verdes como preguntando qué pasaba.

No sé, gata. No sé qué pasa, pensó Rodrigo.

Empezó a hacer cálculos mentales. La habitación de Vallecas le costaba trescientos euros al mes. Era lo único que podía permitirse con lo que ganaba en la cafetería "Oro Puro", donde servía cafés y tortillas desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde. No tenía ahorros. No tenía coche. No tenía familia en Madrid a la que pedir ayuda. Estaba, como decía su abuela, jodido y bien jodido.

Encontrar una habitación en Madrid en una semana era una odisea. Las que estaban a su alcance desaparecían en horas, alquiladas a estudiantes con padres que pagaban por adelantado o a profesionales con nómina. Él tenía un sueldo de mierda y un contrato temporal. No era exactamente el perfil soñado para cualquier casero.

Y encima sin lubricante y a pelo, pensó con una mezcla de humor amargo y desesperación. Era su situación completa resumida: sin recursos, sin red, resistiendo con lo que tenía y rezando para que no se rompiera nada.

Se levantó con cuidado, besó el hombro de Marcus sin despertarle, y fue al baño. Se miró en el espejo: piel marrón oscuro, ojos café con ojeras de preocupación que no estaban ayer, pelo negro corto que necesitaba un corte. Se lavó la cara y decidió que no iba a arrastrar este problema a la mesa del desayuno. Marcus cocinaba siempre que él pasaba la noche, preparaba tostadas con tomate, exprimía naranjas, ponía café de buena calidad en lugar del instantáneo que Rodrigo tomaba en su habitación. Era uno de los pequeños lujos que le encantaban de estar en aquel piso de Chamberí, con sus techos altos y sus muebles de diseño que olían a dinero y a buen gusto.

No iba a fastidiar esa mañana con sus problemas.

Marcus apareció en la cocina veinte minutos después, con el pelo castaño claro revuelto y esa cana que le asomaba en la sien izquierda que a Rodrigo le parecía inexplicablemente atractiva. Llevaba unos calzoncillos grises y una camiseta vieja, y bostezó mientras abría el armario para sacar las tazas.

"Buenos días, bebé," dijo sin volverse.

"Buenos días, amor."

Marcus preparó el desayuno como de costumbre. Tostadas, tomate rallado, café con leche para Rodrigo y negro para él. Se sentaron uno frente al otro en la mesa de la cocina, con Sky enroscada en una silla cercana. Rodrigo comía en silencio, la mirada perdida en su taza.

Marcus frunció el ceño.

"¿Qué te pasa?"

"Nada."

"Rodrigo."

"De verdad, nada. Estoy un poco empanado, eso es todo."

Marcus no se lo creó, pero dejó el tema. Comieron en un silencio que no era incómodo pero que tenía un borde raro, como una nota desafinada en una canción bonita. Rodrigo intentó sonreír, intentó bromear, pero la preocupación le comía por dentro. Tenía que trabajar a las diez, y entre ahora y entonces no había resuelto absolutamente nada.

Cuando terminaron, Marcus recogió los platos y se fue a vestir. Tenía que llevar a Rodrigo a la cafetería en su BMW Serie 3 azul, porque Rodrigo no tenía coche y el metro desde Chamberí hasta Vallecas era un coñazo los domingos.

El BMW arrancó con ese sonido suave y potente que a Rodrigo le ponía un poco nervioso, no por el coche en sí sino por lo que representaba: la vida cómoda de Marcus, su empresa de informática que le permitía trabajar en pijama desde casa, su piso en propiedad en uno de los barrios más caros de Madrid. Rodrigo no envidiaba el dinero de Marcus, pero a veces sentía el contraste entre los dos como un peso en el estómago. Él alquilaba una habitación compartida en Vallecas. Marcus tenía un armario más grande que la habitación de Rodrigo.

Iban por la calle de Alcalá cuando Marcus volvió a la carga.

"Oye, en serio, te noto raro desde que te has levantado. ¿Ha pasado algo?"

Rodrigo tragó saliva. Miró por la ventanilla, los edificios pasando en una línea borrosa de piedra y cristal. Su orgullo le decía que callara, que no arrastrara sus problemas a la relación, que Marcus no era su padre ni su asistente social. Pero la verdad es que estaba acojonado. Realmente acojonado. No tenía donde dormir la semana que viene.

"Me echan de la habitación," soltó de golpe, como arrancándose una tirita.

Marcus pisó el freno suavemente en un semáforo en rojo. Se volvió hacia él. Esos ojos azules, tan bonitos que la primera vez que Rodrigo los vio en la cafetería se quedó sin palabras, le miraban con una mezcla de sorpresa y preocupación.

"¿Cómo que te echan?"

"El casero. Su sobrino viene de Perú y necesita la habitación. Tengo hasta el fin de semana."

"Joder."

"Sí."

El silámetro se puso verde. Marcus aceleró y Rodrigo continuó, porque ya había abierto la caja y no podía cerrarla.

"Es que no tengo dinero para alquilar un piso yo solo, y hasta que cobre a fin de mes no puedo pagar otra habitación. Y encontrar algo en Madrid en una semana... ya sabes cómo está esto."

"Ya."

"Estoy jodido, Marcus. De verdad."

Marcus condujo en silencio durante un par de manzanas. Rodrigo pensó que iba a decir algo tipo "ya verás como se soluciona" o "puedes buscar en Idealista", frases bienintencionadas pero inútiles. Lo que Marcus dijo fue:

"¿Y por qué no te quedas conmigo?"

Rodrigo se giró tan rápido que casi se le sale el cuello.

"¿Qué?"

"Que te quedes conmigo. En mi casa."

El corazón de Rodrigo se aceleró. No sabía qué decir. La idea cruzó su mente como un rayo: vivir con Marcus, en aquel piso precioso, despertarse cada mañana con él, compartir la ducha, la cocina, la cama. Pero también le dio vértigo. ¿No era demasiado pronto? ¿No era demasiado... dependiente?

"Te refieres en tu casa, en una de las habitaciones libres, o en tu cama?" preguntó, y se arrepintió inmediatamente de cómo sonó.

Marcus pensó un momento. Se rascó la sien, junto a esa cana que tanto gustaba a Rodrigo.

"Yo prefiero que en mi cama. Pero puede ser lo que tú necesites."

Rodrigo sintió que se le iluminaba la cara como a un crío de quince años al que le acaban de decir que sí, que puede ir al parque de atracciones. La sonrisa le brotó sin permiso, ancha, tonta, mostrando los dientes.

"¿En serio?"

"En serio."

"Acepto. Acepto encantado."

Marcus sonrió también, esa sonrisa pequeña y sincera que hacía que sus ojos azules se arrugaran un poco en las esquinas. Puso la mano sobre el muslo de Rodrigo y la apretó.

"Entonces cuando termines el turno, recoges tus cosas y te paso a buscar."

"Vale. Vale, sí. Hostia, gracias, amor."

"No me des las gracias. Es lo que quiero."

Rodrigo llegó a la cafetería "Oro Puro" con una mezcla de alivio y nerviosismo que le hacía caminar raro, como si le hubieran cambiado el suelo. Sirvió cafés, preparó tortillas, limpió mesas, pero su cabeza estaba en Chamberí. En la cama de Marcus. En la mitad del armario que le iba a ceder. En despertarse cada mañana con ese culo delgado y claro pegado a su polla.

Durante un descanso, sacó el móvil y escribió: "¿Seguro que no molesto?"

La respuesta de Marcus llegó casi al instante: "Estaré encantado de tenerte en casa. Me harás compañía. La verdad es que yo mismo te lo iba a proponer pronto."

Rodrigo sonrió ante la pantalla. Luego llegó otro mensaje:

"Además, despertarse juntos tiene ventajas..."

"¿Ah sí? ¿Qué ventajas?" escribió Rodrigo, jugando.

"Tú tienes veintitrés centímetros de ventajas, duras como una piedra, cada mañana. Y yo estoy más que encantado de usarlas en mi culo."

Rodrigo se rió en voz alta en la cocina de la cafetería. Su compañera lo miró raro. Él guardó el móvil con la sonrisa pegada a la cara.

Terminó el turno a las tres. Fue a la habitación de Vallecas, recogió sus cosas en dos maletas grandes. No tenía mucho: ropa, un par de libros, su portátil viejo, unos auriculares. Tres años de vida en Madrid cabían en dos maletas. Le dio un poco de pena ver la habitación vacía, pero la pena duró lo que tardó Marcus en aparcar el BMW azul en la puerta y tocar el claxon dos veces.

Cargaron las maletas en el maletero. Rodrigo se sentó en el asiento del copiloto y miró a Marcus, que llevaba una camiseta blanca que le quedaba un poco grande y unos vaqueros. Le pareció guapo. Le pareció la cosa más guapa que había visto en su vida, con sus ojos azules y su pelo castaño con esa cana rebelde y su cuerpo delgado que cabía entero entre los brazos de Rodrigo.

"¿Nervioso?" preguntó Marcus.

"Un poco."

"Yo también."

Se miraron. Se rieron. Marcus arrancó el coche.

Llegaron al piso de Chamberí y subieron las maletas en el ascensor. Sky los recibió en la puerta, frotándose contra las piernas de Marcus y mirando a Rodrigo con cautela. Rodrigo le guiñó un ojo.

Marcus le abrió la mitad del armario del dormitorio. Era más espacio del que Rodrigo había tenido en años. Colgaron la ropa juntos, doblaron camisetas, metieron calcetines en cajones. Hablaron de tonterías mientras lo hacían: de si Rodrigo prefería la izquierda o la derecha, de dónde poner los zapatos, de si Sky iba a dormir al pie de la cama o encima de las maletas.

Cuando terminaron, Rodrigo se quedó mirando el armario con sus cosas mezcladas con las de Marcus y sintió algo raro en el pecho. No era ansiedad ni miedo. Era algo más cálido, más pesado, como una piedra lisa en el fondo del estómago. Reconoció la sensación sin querer: se estaba enamorando.

Se fue a duchar para quitarse el olor a cafetería. El baño de Marcus era enorme, con una mampara de cristal y una ducha con dos chorros. Rodrigo se quitó la ropa y se metió bajo el agua caliente. Se jabonó los hombros, los brazos, el pecho, el vientre plano. Su polla colgaba pesada entre sus piernas, oscureciendo el agua de jabón que caía por su piel marrón.

Cuando salió de la ducha, solo llevaba una toalla enrollada en la cintura. El vapor del baño le había dejado la piel brillante, gotas de agua deslizándose por los músculos del pecho y los abdominales. Fue al dormitorio en busca de ropa limpia y se encontró a Marcus sentado en el borde de la cama, mirándole.

Marcus se quedó quieto. Sus ojos azules recorrieron el cuerpo de Rodrigo de arriba abajo: los hombros anchos, los pectorales, el camino de vello negro que bajaba por el abdomen hasta desaparecer bajo la toalla, la forma voluminosa que se adivinaba bajo la tela blanca.

Se le hizo la boca agua. Literalmente. Tuvo que tragar saliva.

"Quédate ahí," dijo Marcus.

Rodrigo se paró. No esperaba eso. Marcus se levantó de la cama y se acercó a él. Era más bajo que Rodrigo por cinco centímetros, y tenía que mirar hacia arriba para encontrar sus ojos café. Lo hizo con esa mirada azul que la primera vez que Rodrigo la vio le robó el aliento en la cafetería, hacía ya varios meses.

Marcus puso las manos en el pecho de Rodrigo. Las palmas claras contra la piel oscura. Rodrigo sintió el frescor de sus dedos y un escalofrío le recorrió la espalda.

"Estás bueno," murmuró Marcus.

"Y tú estás loco."

"Loco por ti."

Rodrigo soltó una risa breve que se convirtió en un suspiro cuando Marcus se arrodilló. Lo hizo con naturalidad, como si hubiera nacido para estar en esa posición, con las rodillas en la alfombra del dormitorio y los ojos a la altura de la toalla. Deshizo el nudo con dedos seguros y la toalla cayó.

La polla de Rodrigo, semi-erecta, pesada y gruesa, quedó al descubierto. Marcus la miró como quien mira un postre que lleva días deseando. La cogió con una mano, no le alcanzaba para rodearla entera con los dedos, y la acercó a su boca.

Primero la lengua. La pasó por la punta, lenta, probando la piel, sintiendo cómo reaccionaba bajo su contacto. Rodrigo agarró aire entre los dientes. Marcus lamió el glande con movimientos circulares, mojándolo bien, y luego bajó por el tronco, besando y lamiendo cada centímetro de esos veintitrés que tanto le gustaban. La polla se endureció rápidamente en su boca, pasando de semi-erecta a completamente rígida, el grosor aumentando hasta que Marcus tenía que abrir la boca al máximo para meterla.

"Joder, Marcus..."

Marcus no respondió. Tenía la boca ocupada. Embocó la cabeza y la succionó con fuerza, las mejillas hundidas, la lengua trabajando la parte inferior. Rodrigo puso una mano en la cabeza de Marcus, en su pelo castaño corto, y sintió la cana bajo los dedos. El contraste de su mano oscura y grande contra el cuero cabelludo claro le pareció obsceno y precioso al mismo tiempo.

Marcus bajó más. Tomó la polla hasta la mitad, lo cual ya era un logro dado la longitud y el grosor, y empezó a mover la cabeza adelante y atrás con un ritmo constante. La saliva le escurría por las comisuras de los labios, goteando sobre el tronco y los huevos de Rodrigo. Usó la otra mano para acariciar los testículos, pesados y oscuros, sintiéndolos tensos.

Rodrigo cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. La boca de Marcus era caliente, húmeda, experta. Sabía exactamente cuándo chupar más fuerte, cuándo usar los dientes con cuidado, cuándo meter la mano y masturbar la base mientras su lengua trabajaba la punta.

"Me vas a hacer correrme," dijo Rodrigo con la voz rota.

Marcus se detuvo un momento. Miró hacia arriba con esos ojos azules brillantes de saliva y deseo.

"Entonces córrete. Para eso estoy."

Y volvió a meterla. Esta vez más profundo, hasta que la punta de la polla de Rodrigo le tocaba la garganta. Marcus tragó contra ella, un movimiento que hizo que Rodrigo soltara un gemido gutural y agarrara su cabeza con ambas manos. Empezó a mover las caderas, follándole la boca con cuidado pero con fuerza, entrando y saliendo de esos labios rosados que se estiraban alrededor de su grosor.

Marcus aguantó el ritmo. Respiraba por la nariz entre los embites, las manos en los muslos de Rodrigo, los dedos clavándose en la piel oscura. Su propia polla, esos dieciocho centímetros de grosor normal, estaba completamente dura dentro de sus vaqueros, presionando contra la tela, pero no se tocaba. Toda su atención estaba en la polla de Rodrigo, en sentirla crecer aún más en su boca, en el sabor salado del preseminal que empezaba a brotar.

Rodrigo sintió el orgasmo acercándose como una ola. Primero en los huevos, luego subiendo por el tronco, luego extendiéndose por todo el vientre. Apretó los dientes.

"Marcus, me corro, me corro..."

Marcus no se apartó. Al contrario, hundió la polla hasta el fondo de su garganta y tragó.

Rodrigo eyaculó con un gemido largo y profundo que salió de algún lugar primitivo de su cuerpo. La primera corrida fue tan fuerte que Marcus casi se atraganta, pero aguantó y tragó. La segunda fue igual de intensa, espesa y caliente, llenando la boca de Marcus que seguía succionando. La tercera, la cuarta, chorrones de leche que Marcus bebió con los ojos cerrados, las manos temblorosas en los muslos de Rodrigo.

Cuando Rodrigo terminó, las piernas le temblaban como si hubiera corrido una maratón. Tuvo que agarrarse al hombro de Marcus para no caerse. Marcus soltó la polla poco a poco, dejándola salir de su boca con un sonido húmedo, y la besó en la punta una última vez.

Se levantó con las rodillas un poco doloridas y la barbilla brillante de saliva y semen. Rodrigo lo miró con los ojos entrecerrados, completamente deslechado, sin energía, las piernas de gelatina.

"¿Estás bien?" preguntó Marcus, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano.

"Estoy muerto. Me has matado. Estoy muerto y feliz."

Marcus se rió. Se limpió los labios con la camiseta y abrazó a Rodrigo, que seguía desnudo y tembloroso. Rodrigo le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su hombro. Su polla, ahora blanda pero todavía gruesa, colgaba entre los dos.

"Gracias," murmuró Rodrigo.

"¿Por la mamada?"

"Por todo. Por la casa. Por la mamada. Por ti."

Marcus le besó el cuello. Le besó la mandíbula. Le besó la comisura de los labios.

"Vamos a la cama," dijo.

Se fueron a la cama los dos. Marcus se quitó la ropa rápido, se quedó en calzoncillos, y se metió bajo las sábanas. Rodrigo, todavía desnudo, lo siguió. Se abrazaron como siempre dormían: Marcus con la espalda contra el pecho de Rodrigo, las piernas entrelazadas, el brazo moreno de Rodrigo cruzando la cintura delgada de Marcus.

Sky saltó a la cama y se enroscó a los pies de ambos, ronroneando.

Rodrigo cerró los ojos. Pensó en su habitación de Vallecas, vacía, las paredes con marcas de cinta adhesiva, la ventana que daba a un patio interior donde nunca daba el sol. Pensó en las dos maletas que ahora estaban en el armario de Marcus, mezcladas con camisas de lino y jerseys de cachemir. Pensó que no tenía coche, ni dinero, ni piso, ni nada de lo que se supone que un hombre de treinta años debería tener.

Y pensó que nunca, en ninguna noche de su vida, había sido más feliz.

Tenía a Marcus. Tenía su culo por la mañana, su boca por la tarde, sus ojos azules cada maldito día. Tenía un armario, una cama, una gata y un BMW azul que le llevaba al trabajo.

"Marcus," susurró.

"Dime, bebé."

"Si mañana me despierto empalmado otra vez..."

"Espero que sí."

"¿No te cansas?"

Marcus se rio suavemente en la oscuridad.

"Rodrigo, tengo cuarenta y un años y una polla de dieciocho centímetros que funciona perfectamente. Y tú tienes veintitrés que parecen un palo de escoba cada mañana. No, no me canso. Para eso te he invitado a vivir conmigo. Por los beneficios."

Rodrigo soltó una carcajada que hizo que Sky levantara la cabeza, alarmada.

"Beneficios," repitió Rodrigo.

"Beneficios. No los del gimnasio. Otros."

Rodrigo apretó a Marcus contra su pecho y le besó la nuca.

"Los del gimnasio también, porque esto es un deporte."

"Deporte de riesgo."

"Sin lubricante y a pelo."

"Pura adrenalina."

Se quedaron en silencio. La respiración de Marcus se fue ralentizando. Rodrigo sintió el peso del día desplomándose sobre él: el mensaje del casero, el miedo, la confesión en el coche, las maletas, la ducha, la mamada. Todo comprimido en doce horas que le habían cambiado la vida.

No tenía piso. No tenía dinero. Tenía una polla de veintitrés centímetros y un hombre con ojos azules que la adoraba.

Y por primera vez en mucho tiempo, le pareció suficiente.

Se durmieron abrazados, con Sky a los pies, en la cama de Chamberí que ahora era de los dos.