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UFD > S1 > 05-VIVIENDO JUNTOS

by skyheal
about 1 hour ago
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La gata Sky maulló suavemente desde el borde de la cama, mirando a los dos humanos con sus ojos verdosos como reprochándoles que la hubieran dejado sin desayunar. Rodrigo abrió un ojo primero, luego el otro, y lo primero que vio fue el techo blanco del piso de Chamberí. No el techo agrietado de su antigua habitación en Vallecas, no las manchas de humedad que parecían mapas de países inventados. Este techo era liso, impecable, con una lámpara de diseño que probablemente costaba más que tres meses de su sueldo en la cafetería.

A su lado, Marcus respiraba con esa calma de quien duerme profundamente, el brazo izquierdo echado sobre el pecho de Rodrigo como si incluso inconsciente quisiera confirmar que seguía ahí. Rodrigo giró la cabeza y lo miró. Con la luz de marzo filtrándose entre las persianas, Marcus tenía ese aspecto despeinado y vulnerable que solo se ve por las mañanas. Su pelo castaño claro, ya con alguna cana que brillaba bajo la luz, estaba aplastado de un lado. Sus pestañas rubias se movían ligeramente. Rodrigo seguía sin creérselo.

Un mes atrás estaba fregando vasos en "Oro Puro" y pensando que su vida no iba a ninguna parte. Ahora dormía en una cama de matrimonio con un hombre que conducía un BMW Serie 3 azul y tenía una gata tricolor que se llamaba Sky.

Marcus se despertó lentamente, abrió esos ojos azules que a Rodrigo todavía le robaban el aliento, y sonrió.

—Buenos días, bebé.

—Buenos días —respondió Rodrigo, y se estiró, sintiendo cómo los músculos de su espalda crujían.

Sky volvió a maullar, esta vez con más fuerza.

—Ya voy, ya voy —dijo Marcus, incorporándose y rascándose la nuca.

Se levantó desnudo —siempre dormían desnudos, era algo que no habían discutido, simplemente había pasado desde la primera noche— y Rodrigo no pudo evitar mirarlo mientras caminaba hacia la cocina. Marcus era delgado, fibroso, con esa complexión de alguien que no va al gimnasio pero que se mantiene por genética y por caminar mucho. Su piel clara se veía casi luminosa bajo la luz de la mañana. Rodrigo se quedó un momento más en la cama, respirando el olor de las sábanas, que mezclaba el detergente caro de Marcus con el olor de ambos.

Se levantó y se puso unos boxers que estaban sobre una silla. Cuando llegó a la cocina, Marcus ya había puesto la cafetera y estaba sirbiendo comida para Sky, que frotaba su cuerpo tricolor contra sus piernas.

—¿Qué quieres desayunar? —preguntó Marcus sin girarse.

—Lo de siempre. Tostadas con tomate.

—Hoy hay también aguacate. Lo compré ayer.

—Perfecto.

Rodrigo se sentó en la isla de la cocina y observó cómo Marcus se movía con naturalidad por el espacio. Todo en aquella cocina era de calidad: la cafetera italiana, los cuchillos, la tabla de madera. Rodrigo pensó en su cafetería de Vallecas, en los cuchillos mellados que usaban para cortar el pan, en la cafetera que perdía agua por un lado. Y entonces, sin previo aviso, llegó el pensamiento que había estado evitando desde que había dejado su habitación en Vallecas y había traído sus cosas —que cabían en dos maletas— al piso de Chamberí.

Tenían que hablar de dinero.

El desayuno transcurrió en silencio durante los primeros minutos. Marcus comía su tostada con aguacate y un café solo, leyendo algo en el móvil. Rodrigo masticaba su tostada con tomate y pensaba en cómo plantear el tema. No era estúpido. Sabía lo que ganaba Marcus con su empresa online. Sabía lo que costaba ese piso. Sabía lo que costaba mantener el BMW, las compras en supers de barrio salado, las cenas de sushi que a Marcus le encantaban. Y sabía lo que él ganaba sirbiendo cafés ocho horas al día.

—Marcus —dijo Rodrigo, dejando la tostada en el plato.

—¿Mm? —Marcus no levantó la vista del móvil.

—Tenemos que hablar de una cosa.

Marcus levantó la vista. Sus ojos azules se clavaron en Rodrigo con esa atención total que tenía cuando algo le importaba.

—¿Qué pasa?

—Si voy a vivir aquí, tengo que pagar mi parte.

El silencio duró tres segundos. Luego Marcus soltó una risa corta, como si Rodrigo hubiera dicho algo absurdo.

—¿Tu parte?

—Sí. La mitad de los gastos. O lo que sea. La luz, el agua, la comunidad, la comida. Lo que toque.

Marcus dejó el móvil sobre la encimera y se cruzó de brazos. Estaba desnudo de cintura para arriba, con el pelo revuelto, y aun así tenía esa postura de persona que controla la situación.

—Rodrigo, no necesito que pagues nada.

—No se trata de que necesites. Se trata de que es lo correcto.

—¿Sabes cuánto es la comunidad de este piso al mes?

—No.

—Trescientos cuarenta euros. El seguro del coche, otros doscientos. Internet, sesenta. La luz en invierno, ciento veinte. Y eso sin contar la comida, que come más que los dos juntos, por cierto —señaló a Sky, que lamió su pata con indiferencia—. ¿Me vas a pagar la mitad de todo eso con lo que ganas en la cafetería?

Rodrigo sintió que algo se le cerraba en el pecho. El orgullo. Ese orgullo colombiano, de macho criado para ser el que sostiene la casa, el que provee, el que paga. Su padre habría escupido al suelo si le hubieran dicho que un hombre le mantenía. Pero su padre no estaba en Madrid. Su padre estaba en Colombia, en una casa que Rodrigo ayudaba a sostener con lo que mandaba cada mes, y cada vez le llegaba menos porque Madrid se lo comía todo.

—No me importa —dijo Rodrigo, alzando la voz más de lo que pretendía—. No se trata de cantidad, se trata de principio. No puedo vivir aquí de gratis como si fuera...

—¿Como si fueras qué?

Rodrigo no terminó la frase. Como si fuera un mantenido. Como si fuera el chico juguete con polla grande que se follaba a Marcus. Porque eso era lo que había sido al principio, ¿no? Un cuerpo joven y moreno que Marcus disfrutaba. Un cacho de carne con 22 centímetros que hacía gemir a este hombre cuarentón. Pero las cosas habían cambiado. O eso creía Rodrigo. Porque nunca habían hablado de qué eran. Nunca habían usado la palabra "novio", "pareja", "relación". Solo "amor", "bebé", términos cariñosos que se decían en la cama o mientras cocinaban, pero que no definían nada.

—Rodrigo —dijo Marcus, y su voz se suavizó—. Escúchame un momento. Yo vivía aquí solo antes de que llegaras. Pagaba todo esto solo. No me cuesta nada más que tengas aquí. De verdad. Ni un euro más. Lo único que ha cambiado es que hay alguien que me hace la vida mejor y que se come mis galletas sin preguntar.

—No me como tus galletas.

—Te comiste el paquete entero de las de chocolate ayer.

—Fue una vez.

—Fue tres veces.

Rodrigo no pudo evitar sonreír, pero la sonrisa se le borró rápido.

—Es que no me parece bien, Marcus. Yo quiero aportar.

—¿Y cuánto puedes aportar? —la pregunta no fue cruel, fue directa, como todo lo que Marcus decía—. ¿Cien euros? ¿Doscientos? ¿Y con eso qué, pago la mitad del internet y me siento bien?

—No me jodas.

—No te estoy jodiendo. Te estoy siendo honesto. Mira —Marcus se acercó y se sentó en el taburete de al lado—. Antes pagabas una habitación en Vallecas. Quinientos euros, ¿no? Y ibas siempre justo para mandar dinero a tu familia. Si ya no pagas eso, puedes mandar más a Colombia. Tu madre, tus hermanos, quien sea. ¿No es eso lo que importa?

Rodrigo tragó saliva. Era como que le cortaran las bolas. Su orgullo de macho, su necesidad de ser el que paga, el que provee, el que sostiene... todo eso se desinflaba como un globo pinchado ante la lógica aplastante de un hombre que ganaba más en un día que él en un mes.

—No me gusta depender de alguien —dijo Rodrigo, y su voz sonó más baja, más rota de lo que quería.

—No dependes de mí. Estás conmigo. Es diferente.

—¿Estoy contigo? ¿Eso qué significa?

Marcus lo miró. Sus ojos azules tenían esa profundidad que hacía que Rodrigo se perdiera.

—Significa lo que tú quieras que signifique, bebé.

No era una respuesta. Era una puerta abierta. Rodrigo no la cruzó. No todavía. Se quedó mirando sus manos, morenas sobre la encimera blanca, y asintió lentamente.

—Vale. No pago nada. Pero cuando me paguen en la cafetería, yo pago la compra del super.

—Deal —dijo Marcus, y le guiñó un ojo.

El silencio que siguió fue diferente. Más denso. Marcus seguía mirándolo, pero ahora su mirada había bajado de los ojos de Rodrigo a sus labios, y luego al cuello, y luego al pecho desnudo. Rodrigo lo notó. Siempre lo notaba. Marcus tenía una forma de mirarlo que era como ser lamido por una llama.

—¿Sabes qué? —dijo Marcus, y su voz había cambiado de tono. Más grave. Más lento.

—¿Qué?

—Me pone mucho que te enfades.

—No me estaba enfadando. Estaba...

Marcus se bajó del taburete y se arrodilló delante de Rodrigo. Las piernas de Rodrigo se abrieron instintivamente, y Marcus se acercó, le besó el interior del muslo izquierdo, justo donde la piel era más suave.

—Estabas sexy cuando levantabas la voz —dijo Marcus contra su piel.

—Marcus...

—Cállate. Déjame.

Las manos de Marcus subieron por los muslos de Rodrigo, morenos y musculosos, y llegaron a la cintura de los boxers. Los bajó despacio. La polla de Rodrigo, incluso blandita, era imponente. Marcus nunca se cansaba de verla. 22 centímetros cuando estaba dura, y muy gorda, una de esas pollas que parecen imposibles, que hacen que la boca se haga agua y que el culo se apriete solo de imaginarla dentro. Pero hoy no iba a haber culo. Hoy iba a haber boca.

Marcus la tomó con una mano, la acarició despacio, sintiendo cómo empezaba a engordar, cómo la sangre la llenaba y la hacía crecer entre sus dedos. Rodrigo apoyó las manos en la encimera detrás de él y cerró los ojos.

—Mírame —dijo Marcus.

Rodrigo abrió los ojos y bajó la mirada. Marcus estaba de rodillas en su cocina, con el pelo revuelto y los ojos azules mirándolo hacia arriba, y tenía su polla en la mano. Era una imagen que Rodrigo guardaría para siempre.

Marcus lamió la punta. Un lametón lento, desde abajo hasta arriba, que hizo que Rodrigo sintiera un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Luego otro. Y otro. Cada lametón era más largo, más húmedo, más deliberado. Marcus usaba toda la lengua, plana y ancha, y la pasaba por el glande, por el frenillo, por la parte inferior del tronco.

—Joder, Marcus...

Marcus respondió metiéndosela en la boca. La punta primero, chupando suavemente, girando la lengua alrededor del glande mientras lo masturbaba con la mano. Rodrigo sintió cómo las piernas le empezaban a temblar. No importaba cuántas veces lo hiciera Marcus, cada vez era como la primera. O mejor, porque Marcus aprendía, Marcus probaba cosas nuevas, Marcus leía el cuerpo de Rodrigo como un libro que ya se sabía de memoria pero que seguía disfrutando.

Fue bajando más. Centímetro a centímetro. La polla de Rodrigo era muy gorda, y Marcus tenía que abrir bien la boca, ajustar la mandíbula, relajar la garganta. Lo había aprendido con el tiempo. Al principio no podía con más de la mitad. Ahora se la metía entera.

Cuando llegó al fondo, con los labios apretados contra la base, con la polla enterrada en su garganta, Marcus tragó. Un movimiento de la garganta que apretó la punta de la polla de Rodrigo desde todos los ángulos, y Rodrigo tuvo que agarrarse a la encimera con fuerza para no gritar.

—Me vas a matar, joder...

Marcus empezó a mover la cabeza. Arriba y abajo, despacio al principio, luego más rápido. Su boca era caliente y húmeda, y la saliva se esparcía por el tronco, goteando sobre los huevos de Rodrigo. Marcus usaba la lengua mientras chupaba, la movía en círculos, la pasaba por la parte sensible debajo del glande, y combinaba todo eso con la succión.

Rodrigo no podía pensar. Los problemas, el dinero, el orgullo, todo eso se disolvía. Solo quedaba la boca de Marcus, la humedad, el calor, y esa sensación de que el mundo se reducía a la cocina de Chamberí, a la encimera fría contra su espalda, y a los labios de este hombre subiendo y bajando por su polla.

Marcus sacó la polla de su boca y la miró. Estaba roja, brillante de saliva, enorme. Le dio un beso en la punta y luego la lamió desde la base hasta arriba, como si fuera un helado. Luego se metió los huevos en la boca, uno a uno, chupándolos suavemente mientras masturbaba el tronco con la mano.

—Cristo... —Rodrigo tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, los nudillos blancos de tanto apretar la encimera.

Marcus volvió a la polla. Esta vez no fue lento. Se la metió entera de golpe y empezó a follarse la boca con fuerza, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo que hacía que la saliva salpicara, que sus labios hicieran ese sonido húmedo y obsceno que ponía a Rodrigo a mil. Marcus aguantaba sin respirar, tragando cada vez que la polla le llegaba al fondo de la garganta, y Rodrigo sentía esos tragos como pequeños orgasmos que se acumulaban en la base de su columna.

—Marcus, me voy a correr...

Marcus no se detuvo. Al contrario, chupó con más fuerza, con más ganas, con más hambre. Rodrigo no pudo aguantar más. Agarró la cabeza de Marcus con una mano, le dio un par de embestidas más, y se corrió. El primer chorro le llenó la boca a Marcus, que tragó sin soltar la polla. El segundo fue más fuerte, y Marcus tuvo que hacer un esfuerzo para tragarlo todo. El tercero, el cuarto, más débiles, los recibió con los ojos cerrados, saboreando.

Cuando Rodrigo terminó, Marcus soltó la polla despacio, lamiendo los restos, y levantó la mirada. Tenía un hilo de saliva y semen colgando de la comisura del labio. Se lo limpió con el dorso de la mano y sonrió.

—Conversación terminada —dijo.

Rodrigo se rió, pero le temblaban las piernas. De verdad que le temblaban. Se agarró a la encimera y se dejó caer un poco hacia adelante.

—No puedo discutir contigo si vas a hacer eso cada vez.

—Por eso lo hago.

Rodrigo pensó, con la mente todavía nublada por el orgasmo, que nunca ganaría una discusión a Marcus. No mientras esa boca existiera. Era trampa. Era trampa y lo sabía, pero no le importaba.

Se ducharon juntos, se vistieron, y bajaron a la calle. Marcus condujo el BMW hasta un supermercado que estaba a diez minutos. El coche olía a cuero y a Marcus. Rodrigo iba en el asiento del pasajero, mirando por la ventana, pensando en lo que iba a comprar.

En el super, cogieron carritos separados. Marcus fue directo a la sección de verduras: brócoli, espinacas, pimientos rojos, calabacín, tomates cherry, aguacates. Rodrigo fue a la sección de snacks: patatas fritas, galletas de chocolate, nachos, salsa brava, refrescos, helado de vainilla.

Se encontraron en la caja. Marcus miró el carrito de Rodrigo y levantó una ceja.

—¿Eso es comida?

—Es comida perfectamente válida.

—Son snacks, bebé. Eso no es cenar.

—Los nachos con salsa brava sí son una cena.

—Los nachos con salsa brava son una depresión.

—Te odio.

Marcus pagó todo. Doscientos Cuarenta y siete euros de verduras y Ciento sesenta y dos euros de basura. Rodrigo apuntó mentalmente la cifra. Cuando le pagaran en la cafetería —quizá la semana que viene, si Don Miguel no volvía a retrasarlo—, pagaría él. Se lo prometió a sí mismo mientras cargaban las bolsas en el maletero del BMW.

De vuelta en el piso, guardaron la compra. Marcus organizó las verduras en los cajones de la nevera con una meticulosidad que era casi obsesiva. Rodrigo metió los snacks donde cabían, aplastando una bolsa de patatas contra un yogur de Marcus.

—No aplastes eso.

—Cabe.

—No, no cabe. Estás deformando mi yogur.

—Tu yogur está bien.

Sky los observaba desde la encimera, moviendo la cola, como si juzgara su forma de organizar la nevera.

Cuando terminaron, se sentaron en el sofá. Marcus encendió la tele y navegó hasta HBO.

—He oído que esta serie es buena —dijo, seleccionando Juego de Tronos.

—¿De qué va?

—De política, dragones y muerte.

—Suena divertido.

No lo era. Era adictiva. Vieron el primer episodio en silencio absoluto, y cuando terminó, Rodrigo miró a Marcus.

—Otro.

Vieron el segundo. Luego el tercero. Luego el cuarto. La luz de la tarde se fue convirtiendo en luz de la noche, y ni siquiera se movieron para cenar. Rodrigo comió patatas chips directamente de la bolsa mientras veía a los Stark meterse en problemas, y Marcus peló una manzana que compartió con Sky, que maullaba pidiendo trocitos.

—¿Puedes creer que ese tío se acuesta con su hermana? —dijo Rodrigo.

—En Westeros parece ser lo normal.

—Aquí también, si cuentas a mi tío Raúl.

Marcus se rió. Esa risa suya, suave y genuina, que hacía que sus ojos azules se arrugaran en las comisuras.

—Tu tío Raúl no cuenta.

—Mi tío Raúl cuenta mucho. Es un caso clínico.

Vieron otro episodio más. Ya eran casi las dos de la madrugada cuando Marcus apagó la tele.

—Hay que dormir, bebé. Mañana trabajas.

—No quiero ir a trabajar.

—Nadie quiere ir a trabajar. Por eso se llama trabajo.

Se lavaron los dientes en el baño compartido, chocando los codos, y se metieron en la cama. Marcus se pegó a la espalda de Rodrigo, le pasó un brazo por la cintura, y Rodrigo sintió el pecho de Marcus contra su espalda, el calor de su cuerpo, su respiración en la nuca.

Sky se subió a la cama y se acurrucó a los pies de ambos, ronroneando.

Rodrigo cerró los ojos y pensó. Pensó en su vida un mes antes: la habitación en Vallecas, los turnos interminables en la cafetería, las noches solitarias, las cervezas baratas en el bar de la esquina, las llamadas a su madre en Colombia diciendo que todo iba bien cuando todo iba regular. Pensó en lo que tenía ahora: un piso en Chamberí, un sofá cómodo, una gata tricolor, una nevera llena, y un hombre de ojos azules que le hacía mamadas que le temblaban las piernas y que le decía "bebé" con una naturalidad que lo derretía.

No sabía si eran novios. No sabía si eran pareja. No sabía qué eran. Pero sabía que era feliz. Más feliz que en toda su vida. Y que su vida anterior, comparada con esta, había sido una mierda.

Se apretó más contra Marcus, que respondió con un beso dormido en su hombro.

—Buenas noches, amor —murmuró Marcus.

—Buenas noches —respondió Rodrigo.

Y se durmió sonriendo, con las patas de Sky en los tobillos y el brazo de Marcus en el pecho, pensando que mañana volvería a discutir algo con Marcus solo para ver si se arrodillaba otra vez.